sábado, mayo 9, 2026
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De filosofía y cosas peores

 

Michael Torresini

Con Trump encima hablar mal de EEUU se ha vuelto una costumbre, una reacción legítima a todo el frenesí destructor de este hombre que quiere tener la batuta en todo. Yo mismo y en diferentes contextos he dicho que, aunque EEUU obviamente pertenece al primer mundo, en cuanto a civismo, a justicia y a ética es muy para debajo de países como Suecia y su propria colonizadora, Inglaterra.
Pero aparte esto y otros aspectos de lo que llamamos civismo, EEUU es el mejor absoluto en cuanto a su habilidad de hacer dinero; no hay un país en el mundo como él. En Europa, pese a ser más culta de EEUU, no hay el marketing impecable que hay en la Unión Americana donde cualquier vendedor, de cualquier dispendio, desde un McDonald hasta un supermercado, TIENE que ser siempre muy amable y servicial. En las grandes tiendas departamentales es muy común que haya empleados que se acercan a los clientes que parecen buscar algo para guiarlos, siempre muy amable y eficientemente. En Italia, en Alemania o donde sea en el viejo continente no es así.
En Colombia cualquier cajera de supermercado te llama caballero o mi amor, según los casos. Se podría decir que es mejor aún de EEUU, pero es por la jovialidad de la población, no por obligación. A mis pacientes le digo sí señor, sí señora, es una costumbre que agarré en Colombia y que enfatizo aquí como para contrabalancear mi tono didáctico que inevitablemente tengo.
En Chedraui hasta a hace poco cualquier whiskey que no sea barato se pagaba antes y luego se pasaba en el mostrador de servicio cliente con el ticket de compra y en breve te daban la botella. Ahora ya no: hay que ir con el guarura de la entrada que checa el ticket y habla en su teléfono interno para que se lo traigan y el proceso puede ser muy lento, pues llegan desde el fondo y con toda la calma del mundo. La penúltima vez había una mujer y cuando comenté que en ningún país primermundista se pasa esto, que no venderían ni una botella si así fuera, desde una actitud inicial fría y destacada, se volvió insoportable, mirándome como si fuera un mendigo andrajoso y sin proferir palabras. Pero a esto ya me había acostumbrado, con el método descrito la vez pasada con referencia a mis pacientes analfabetos, superponiendo la razón a los sentidos.
Pero la última vez pasó lo máximo: el guardia ya no era una mujer sino un hombre de mediana edad y con una cara de idiota inverosímil: toma el ticket, lo mira atentamente durante un minuto de un lado y otro y luego toma un bolígrafo y subraya el Johnnie Walker rojo…pasan otros cinco minutos y me da una botella de Buchanan de 12 años. Parece que mi juicio inicial acerca de su increíble idiotez fuese correcto.

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