Michael Torresini
Repito mi último comentario de la semana pasada, que la historia es la base de toda cultura, pues la historia, no hay que olvidarlo, es siempre la historia de los eventos del hombre donde cada uno es causado por lo que antecede. Hasta he llegado a definir a Dios como la única entidad que no necesita de una causa para existir…
Mezclar creencias con ciencia es absurdo, las dos cosas pueden convivir, pero no pueden alimentarse mutualmente: La Ética de Spinoza es el tratado más realístico y eficaz para ayudarnos a entendernos, a entender nuestras sensaciones. Por ejemplo, La felicidad es el pasaje desde una situación a una mejor; el amor es la felicidad con la conciencia de quien la causa, etcétera, todo con una constante, que todo es producido por una causa. Herrare humanum est, y hasta el gran Spinoza hace el error de mezclar ciencia con creencia, lo se ve claramente en el primer capítulo de su libro donde trata de comprobar la existencia de Dios con sofismas como su famosa Prueba Ontológica. El argumento ontológico es una demostración de la existencia de Dios cuya originalidad consiste en que establece la existencia del Ser Absoluto a partir de la sola consideración de su esencia, al encontrar en el concepto mismo de Dios la existencia como un componente inseparable de su esencia. Un sofisma, un cambio de lo real en el cual la razón es dominada por la creencia-y el miedo de ser quemado vivo…
Mejor permanecemos en lo real, en lo estrictamente racional, que la historia es siempre la historia de los eventos del hombre donde cada uno es causado por lo que antecede, como estaba diciendo. En el ámbito de la política la cosa es obvia, desde los antiguos griegos al tema del momento, los aranceles. Pero el concepto aplica a toda rama del saber, arte inclusive. El 25 de marzo llega La revolución impresionista: de Monet a Matisse, una exposición del Museo de Arte de Dallas, al Palacio de Bellas Artes. En ella se explora la fascinante historia del impresionismo, desde su nacimiento en 1874 hasta el legado que alcanzó en los primeros años del siglo XX. Aprovecho del evento para dar un ejemplo contundente que nada es sin causa: A mitad del mil ochocientos el señor Daguerre en Paris inventó el daguerrotipo, el precursor de la cámara. Así que re repente los pintores se vieron destronados como los únicos capaces de retraer lo real, mejor dicho, de retraer lo que se ve con la vista, así que empezaron a pintar no sólo lo que se ve con los ojos, sino también lo que se siente, nuestras sensaciones. El fundador fue Claude Monet, cuando se puso a retraer el sol naciente que iluminaba con sus rayos todavía muy oblicuos una barca de pescadores; probablemente estaba todavía muy somnoliento y así pintó sus sensaciones, no sólo lo que veía sino lo que sentía por verlo-algo que ninguna cámara puede hacer, ni hoy en día, con toda la IA del mundo. El mero título es Les impresions de l’aube, las impresiones del alba-de allí al término impresionismo.
Monet es el impresionista más impresionista de todos los demás, pues todos sus cuadros son siempre cuadros de impresiones-desde un paisaje, lacustre, silvestre o ciudadano que sea a su propia esposa. Manet en cambio es más heterogéneo, en sus pinturas se ven matices del impresionismo sobre realismo, Renoir es casi tan impresionista como Monet, etcétera.
Un buen consejo: Bajen Art Challenge Test en su ordenador y tendrán toda la historia de la pintura, desde Giotto en el mil trescientos a la fecha.
