EL CHOQUE DE MUERTE
La noticia corrió por todo el mundo y el escenario del futbol se impactó con el choque del portero contra un delantero, que corría sin mirar al frente y este con la rodilla le pegó en el pecho, lo que originó que tuviera un infarto y falleciera poco después en el hospital.
Uno puede pensar que los deportistas de elite que corren mas riesgos son, sin duda los pilotos, pero luego los del futbol americano, donde ha habido golpes de cascos en la cabeza que los han dejado o parapléjicos o con lesiones en la cabeza, que algunos terminaron en el suicidio. Hay una película de ello. Concussion, La Verdad Oculta de Will Smith.
Pero en el futbol algunos también han muerto por alguna deficiencia en el corazón.
Este golpe salvaje de choque ha creado una polémica en redes. Y escriben de ello gente prestigiada como Jabois del diario El País.
ALGO QUE PODEMOS APRENDER DE LA MUERTE DE JESUS DE MIGUEL
Delante de la tele y en el estadio se exige velocidad, garra y contacto, y los espectadores muchas veces terminamos normalizando lo que, fuera del bar, nos haría llamar a la policía.
Manuel Jabois (El País)
“No me busquen entre quienes a estas horas, envueltos en el peor fragor de todos, el del dolor mezclado con la muchedumbre iracunda, maldicen al portero Jesús Owono y piden para él que no vuelva a jugar al fútbol o una condena por homicidio imprudente. Tampoco entre quienes despachan la jugada como lance del juego, por habitual que sea, y cargan la responsabilidad a la mala suerte. Pónganme entre los que animan al duelo por Jesús de Miguel y a la compasión por Owono, que bastante tiene, y prefieren que esta tragedia sirva para examinar ciertas entradas en el fútbol; que la muerte de Jesús de Miguel no sea en vano, que se erradiquen entradas bárbaras en un campo que en muchas ocasiones, no digo esta, se cometen con la excusa de que el balón pasaba por ahí. He visto entradas parecidas a la de Owono, muchas de ellas movidas por ese dicho tan celebrado entre defensas de la escuela de Vinnie Jones, que dice que o pasa el balón, o pasa el delantero. Y en el Tenerife-Andorra tiene pinta de que algo parecido pensó Owono cuando Jesús de Miguel podía marcar el gol del triunfo: saltó el portero rodilla arriba y brazos extendidos. Una entrada salvaje de roja hecha a saber con qué pulsaciones. Cuesta aceptar que un futbolista haga algo tan propio de un partido —ir a por un balón, llegar tarde, llevarse por delante al rival— y que el desenlace sea tan brutal y distinto. Como si el atropello del videojuego de repente se tornase real. Pero es que siempre es real, por más pantallas que haya entre nosotros y nuestros ídolos. Delante de la tele y en el estadio se exige velocidad, garra y contacto, y los espectadores muchas veces terminamos normalizando lo que, fuera del bar, nos haría llamar a la policía. Ahora hay una vida, la vida normal que todos conocemos, en la que hoy estaríamos debatiendo si la roja merecía tres partidos de sanción o cinco; y otra vida, la vida incomprensible, una vida que ocurre una entre un millón, en la que lloramos un cadáver y discutimos si un portero merece volver a jugar. Esta última es una vida cuya probabilidad se puede reducir a cero si muchos jugadores, en lances parecidos, consiguen pensar una décima antes en el rival que en el resultado. Incluso pensar en sí mismos: la posibilidad, ínfima pero real, de que la sanción sea el menor de sus problemas”.
