De filosofía y cosas peores

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Michael Torresini

En la edad media, la sociedad se dividía en dos clases-la del homo sapiens y la del homo habilis. A la primera pertenecían la nobleza y el clero, y a la segunda la clase trabajadora. Este status quo se procrastinó también durante toda la historia mal llamada moderna, hasta a la revolución francesa, que, con su formidable eversión fundada sobre los derechos del hombre, acabó con todo el pasado-esclavitud y colonias incluidas. Sin embargo, en los últimos treinta años estamos volviendo a la edad media, y en cuanto a cultura, o peor aún: La clase más culta es ahora constituida por homos habilis-médicos, ingenieros, abogados, y el homo sapiens está simplemente desapareciendo desde la faz de la tierra. Es el nefasto resultado de los que mandan en el mundo, que no quieren un mundo culto, sino una sociedad de homos habilis, de gente que sepa hacer su trabajo sin molestar con preguntas incómodas. Y así llegamos a la paradoja de columnistas que no tienen idea de la gramática, de la morfología y de la sintaxis. Saliendo desde la primaria, a diez años, yo como mis coetáneos, sabía muy, pero muy claramente que, para hacer una oración, se necesita de un verbo. Dos verbos, dos oraciones, tres verbos, tres oraciones; sabía perfectamente que cada verbo tiene un sujeto y en sintaxis se llama predicado; y conocía la puntuación obviamente-cosa que estos “columnistas modernos” parecen ignorar por completo: meten comas cuando no deben de ser usadas e ignoran los puntos y comas y los dos puntos-que yo ejemplifiqué mientras lo decía.

Mis cuatro lectores saben que yo soy uno de estos ya raros hombres incómodos, y saben también que soy totalmente sincero: si puedo ser ya sea agradable que honesto, que bueno; en su defecto, prefiero ser honesto… Me gusta escribir, pero sólo en prosa: soy un desastre para escribir poesías, pero me consuelo pensando que es mejor una prosa poética que una poesía prosaica. Lo antecedente es interesante pero un poco aburrido, pues su exposición fue inevitablemente algo prosaica. Así que hoy trataré de darle razón también a los sentidos, trataré de no ser nada prosaico sino todo lo contrario: trataré de ser poético, trataré de filosofar acerca de la poesía.

El poeta se sienta ante una página con la necesidad de decir muchas cosas en ese pequeño espacio blanco…El mundo es grande, el poeta está solo y el poema no es que unos fragmentos de lenguaje, unos cuantos arañazos de una pluma rodeada por el silencio de una noche…Puede ser que el poeta desee contarnos sobre su vida, unas pocas imágenes de un momento fugaz en que estuvo feliz. Pero el deseo secreto de cualquier poeta es lo de detener el tiempo: recuperar un rostro, una imagen ya marchitada por los años…Además, el poeta está guiado por el deseo de decir la verdad, este reflejo de lo que las cosas son. La verdad importa al poeta. Pero ¿Cómo decirla y más aún como verla? Los realistas aconsejan: abre los ojos y mira. Los partidarios de la imaginación advierten: cierra los ojos y verás mejor: hay verdades con los ojos abiertos y verdades con los ojos cerrados, aunque a menudo no se reconocen mutualmente…Vivimos en una época en que hay cientos de manera de explicar el mundo. Todo es creído: todo tipo de religiones y todos tipos de especulaciones científicas-particularmente durante este último infausto año de pandemia.

Acaso la tarea de la poesía sea escoger algo autentico desde los sistemas religiosos y científicos. Aristóteles, el primer gran racionalista, admitía que la poesía alcanzaba lo que la razón no podía. En efecto el gran defecto de la poesía y también uno de sus rasgos más sublime es que quiere incluirlo todo. Bajo la fría luz de la razón la poesía es algo que resulta imposible escribir: uno no tiene idea de lo que está haciendo, las palabras hacen el amor en la página cual moscas en el calor de verano mientras que el poeta no es más que un espectador embebido, pues el poema es el resultado tanto del azar como de la intención, quizá más del primer que de la secunda. Una y otra vez la poesía prueba que las teorías generalizadoras no funcionan: la poesía siempre será el concierto de gatos bajo la ventana del cuarto en el que se escribe la versión oficial de la realidad; pero el cuarto y toda la casa está pandeada, pandeada como si estuviera al punto de desplomarse por el peso del cielo.