Michael Torresini
La filosofía ayuda al hombre a vivir mejor, inclusive a superar los momentos más difíciles de la vida. Hace 30 años vine a México para ser feliz, pues tenía todos los ingredientes necesarios: una preciosa casa rodante, bastante para comer y la mejor mujer de mi vida. El dinero se fue en terrenos sin titulo, y mi esposa debajo de un urbano de Veracruz. Tenía 26 años y un nonato en el vientre. ¿Cómo superé la crisis? Contrabalanceando el dolor con algo de bello, así como si tienes calor prende el clima y si tienes frio la calefacción. Pero mi depresión era demasiado fuerte para poder aceptar cualquier cosa. La compañía de los demás, aun gente de primera, me resultaba difícil, casi intolerable. Así empecé a leer. Antes sin ganas, pero pronto el buen sabor de las letras edulcoró la amargura: el pensamiento positivo se impuso sobre la tristeza reinante, como siempre, por medio de la razón, pues me había dicho que antes, en Europa y en Canadá, cuando lo tenía todo, pasabas horas leyendo virtualmente a diario. Y esto que tenía una bonita casa y los mejores coches del mundo esperándome. Un Rolls y un Ferrari me estaban esperando y yo me la pasaba leyendo-lo que puedo hacer al igual ahora, aunque viva en una casita modesta y sólo tenga un cochecito afuera.
Paz, Fuentes, Rulfo, Arreola, Rubén Darío, García Márquez, Vargas-Llosa, Benedetti, Borges y Neruda, el poeta máximo. Desde México a Chile. Y los viejos amigos de mi juventud: italianos, franceses, alemanes y hasta un noruego, Ibsen, lo que acabó con el mundo literario victoriano de las damiselas con ocho faldas superpuestas…Ah y el escritor que más admiro en absoluto, del cual me acordé por su similitud ideológica con Ibsen, Henry Miller, que ya en los 1930s denunció la gigantesca y despiadada maquina productiva de los Estados Unidos, el capitalismo salvaje que reina sobre todo, vidas humanas incluidas…Y aquí estoy en buena salud y escribiendo, es decir haciendo lo que aprendí leyendo. Y para que se entienda a cabalidad lo deprimido que estaba antes, les agrego algo que escribí en aquel triste entonces.
¿Por qué es el bien tan indefenso? Apena se elaboran cuidadosamente unas horas de fortaleza, cuando el golpe de un minuto viene a echar abajo toda la estructura.
Cada noche me encuentro aplastado por los escombros de un día destruido. Y si no viene el sueño, siquiera el sueño como una pequeña muerte para saldar la cuenta pesarosa de este día, en vano esperaré mi resurrección.
Dejaré que fuerzas oscuras vivan en mi alma y la empujen hacia una caída acelerada.
Pongo agudamente el oído en el rumor informe de la noche, me inclino al silencio que se abre de pronto y que un sonido interrumpe. Espío y trato de ir hasta el fondo, de embarcarme al conjunto, de asomarme al todo.
Pero quedo siempre aislado, siempre a la orilla.
Y desde la orilla dirijo esta elegía del pasado que ya no es.
