Michael Torresini
Mi última charla estribaba sobre las recomendaciones del primer médico, Hipócrates, que recomendaba que tu comida sea tu medicina-lo que es muy fácil de poner en práctica en un centro agrícola como Tierra Blanca donde se puede comer fruta en cada lado-sin la necesidad de envenenarse con estos sobres de comida chatarra y con refrescos. En el norte es más comprensible su uso ya que no hay la disponibilidad de fruta en la calle como aquí; en EEUU y Canadá si no se usan estos dañinos sobritos, se come hamburguesas y papas fritas y de todo modo no es tan imperativo comer saludable como aquí donde fruta, verdura y pescado abundan. Si la gente cambiara su dieta drásticamente dejando toda carne roja, tan llena de grasa como la de puerco y la sustituyera con pechuga de pollo, pescado o mejor aún, particularmente para los menos habientes, con frijoles y toda clase de guisante, si usara granos integrales, particularmente arroz integral y mucha fruta y verdura, si tomara agua, agua con limón, una cerveza con limón y un vaso de vino con la cena, nunca enfermarían y se gozarían la vida más que tomando Coca Cola. Si se toma un vaso de Coca Cola cuando se tiene sed Y hambre es perdonable ya que soluciona el problema sin tener que parar lo que uno está haciendo. Pero empezar la cena con Coca Cola es simplemente barbárico-y no es sólo mi opinión pues nunca he visto alguien hacerlo en toda Europa y tampoco en Norteamérica creo.
La finalidad de esta columna que escribo ya desde 15 años es superponer la razón a los sentidos y los filósofos somos precisamente los que saben usar la razón por arriba de cualquier cosa-por arriba de la costumbre en este caso: uno tiene sed y hambre y es normal que se acostumbre a tomar Coca Cola, y así cuando va a cenar, con mucha hambre empieza con Coca Cola. Pero la costumbre es la gran traba de la libertad: si uno hace algo por la fuerza de la costumbre, no está usando el celebro, no está escogiendo, no está usufructuando de su libertad. Pero esta misma costumbre puede ser usada por beneficio propio. Por ejemplo, si me gusta muy salado, como casi sin sal durante una semana y cuando pruebo algo tan salado como me gustaba, me parecerá disgustoso por la cantidad de sal. Lo mismo vale por el azúcar: si toma el café con dos cucharitas de azúcar, haga un esfuercito y lo tome con media cucharita y en unos días le disgustará tomarlo con más de una cucharita-y la cosa tiene más alcance ya que tampoco le gustarán tanto toda esta increíble cantidad de pan dulce que se venden. Solamente la drástica reducción de sal y azúcar produce enormes ventajas para la salud: ya no habrá tantos diabéticos, ni se desarrollarán tantos cánceres que se nutren precisamente de azúcar-y tampoco habrá muchos hipertensos…
Últimamente salió en las noticias que la gente más longeva del mundo-aparte los orientales, son también los sardos, los habitantes de Cerdeña que se nutren de guisantes, fruta y verdura
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