DE FILOSOFÍA Y COSAS PEORES

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Michael Torresini

 

Sigo viendo las estupideces más increíbles en Bing porque, pues porque la esperanza es la última en morir…Pero el otro día salió un video subido por el dueño de un gatito que ladraba exactamente como un perrito, como un chihuahueño, igualito. ¿Por qué? Simplemente porque había estado entre perros desde el comienzo de su breve vida. Algo de muy, pero muy e insólitamente interesante para todos y quizá más aún para mí que digo seguido que nosotros somos el producto de nuestra experiencia que “nos fragua como arcilla en las manos de un escultor”, pues este pequeño gatito llegó a tener portamento canino en lugar de felino por haber pasado un par de meses con los perros. Por experiencia, en este contexto, entiendo la vida entera en su conjunto. Y si la experiencia puede en un par de meses cambiar el portamento de un felino en lo de un can, es decir cambiar su propia naturaleza, imagínense la validez de lo que digo acerca de los hombres: no se ponen a ladrar pero sí cambian muchísimo según su experiencia.

Cuando vivía por la vía en Mártires de rio blanco, había un tipo que dejaba montones de basuras en la calle y cuando le pedí que la quitara, me llamó mamón. Le dije gracias por enseñarme este modismo o, mejor dicho, vernáculo nuevo para mí. Y ahora, desde este insignificante suceso voy a sacar conclusiones fácticas e interesantes. ¿Por qué me llamó mamón? Porque su experiencia me hizo aparentar así; ahora como fue su vida pasada y experiencia es algo que podéis imaginar, mientras la mía fue tan, pero tan diferente que necesita de unas palabras para ser entendida; sólo piensen que de chamaco tenía que comer con un libro por debajo de cada ancila porque así hay que comer-erecto y con los codos pegados a los lados-razón por la cual me pareció legítimo lo que pedí a este vecino de muy escasa educación.

Por separado falta agregar que el grano de esta columnilla mía es seguir la inteligencias, los mandatos de la razón por arriba de las sensaciones-lo que lamentablemente los mexicanos no hacen tan seguido. Un ejemplo contundente: Entra un paciente nuevo al cual pido que se siente cómodamente cómo en su casa, que se relaje y, con mucho tacto digo que se olvide de todo lo que tiene en la cabeza y que lo remplace con lo siguiente-y repito mi obra maestra de buena retórica que dice lo mínimo, necesario y suficiente para que se entienda porque tienen lo que tienen y que voy a hacer para acabar con todo lo que lamentan. “Todo lo que sentimos lo sentimos por los nervios y todos los nervios salen desde la columna vertebral hacia todo el cuerpo ATRAVES de las vértebras que, si no están en su lugar, son la causa de todo-y la única solución real y permanente es remeter las vértebras en su lugar-lo que hago en minutos y sin problema de ninguna clase”. Lo digo lo repito, aclaro cualquier duda y cuando salen curados, me preguntan ¿A qué se debía? Y allí es cuando chocamos y así pierdo pacientes por la fricción, porque somos el producto de nuestra experiencia. Recientemente entra un tipo joven y fuerte-en muletas-y sale corriendo en dos minutos. Pese a esto tengo pocos pacientes, y una de las razones es lo que dije, el hecho que la gente usa las sensaciones por arriba de la razón. Por ejemplo, no soportan que se le suba la voz, aunque sea la mejor manera para ser enfático y entendido, para que olviden todas las voladas que tienen en la cabeza y entiendan lo que les digo, es decir lo que cuenta. Para que se relajen y me dejen curarlos. Estudié más de un médico y no sé ni la mitad de lo que ellos saben, soy un experto en materia-y con la sólida base de un filósofo y la experiencia de un septuagenario.