De filosofía y cosas peores

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Michael Torresini

Al inicio de la pandemia de Covid-19 las compras de pánico no sólo fueron por alimentos, sino por papel higiénico y se ha alertado que la crisis en los contenedores marítimos podría provocar problemas en el suministro de la materia prima para la fabricación del papel higiénico. Así que hoy voy a hacer la filosofía de la limpieza del ano, que nunca se puede conseguir con papel, sino con agua: en la llave que la manda a la taza, le hago meter otra salida, para defecar bajo agua a presión…

No más faltaba este detalle para poder decir que la filosofía sirve para todo. O digamos que el patrón de mis últimas notas es comprobar la utilidad de la reina de la ciencia. Por lo regular, filosofar acerca de algo hace este algo más difícil, y la razón de esto es obvia, pues filosofar acerca de algo significa profundizarlo, escarbar en sus entrañas para ver si hay algo de recóndito, algo escondido que hace falta ilustrar. Y filosofar es también dudar. De hecho, todo el racionalismo moderno y contemporáneo brota desde una duda, la duda más importante de toda la historia de la filosofía-la duda hasta de existir, que sólo puede ser aclarada por el hecho que, para dudar, uno debe necesariamente estar pensando: el cogito ergo sum cartesiano es la base de toda filosofía moderna. En cuanto a este “cartesiano”, acuerdo a mis cuatro lectores que el latín se usó durante casi dos milenios para expresar cualquier ciencia, inclusive cuando ya se habían formados las lenguas modernas; por esto en los siglos XV, XVI y hasta el siglo XVII, era práctica común apodar un científico inglés, alemán o francés con un nombre latín, como “un nom d’art”. René Descartes, el papá del racionalismo contemporáneo, se llamaba también Cartesius, y aunque uno no haya estudiado filosofía, probablemente ya escuchó este nombre en geometría, hablando de las coordinadas cartesianas: los filósofos son frecuentemente también científicos, matemáticos y físicos. Y obviamente la cosa se puede voltear: los físicos son a veces también filósofos-el ejemplo más ilustre de esto siendo Albert Einstein, el epitome de la inteligencia humana.

Bueno, en este caso filosofar acerca de su teoría de la relatividad la hace más fácil, más asequible a la inteligencia. Además, por arriba de ser cansado de escribir acerca de toda la porquería que pasa en este valle de lágrimas, quiero conservar esta columnilla mía como una ventana de cultura que nos aparte de las fealdades que tenemos que ver día a día. Por esto ilustraré esta teoría que dio origen a la famosa formula que describe la energía que emana desde la fisión del átomo (E=mc2) y que permitió la explotación de la energía nuclear. Léanme con atención y verán como el aspecto conceptual, es decir filosófico de esta teoría, la explica fácilmente.

La mecánica clásica reconoce igualmente la relatividad de todas nuestras determinaciones sobre el movimiento, por tanto, de toda posición en el espacio y en el tiempo que sea observable por nosotros. ¿Cómo la teoría de Einstein, que trastorna todo el edificio de la mecánica clásica, destaca en su propio nombre, como su mayor característica, la relatividad? Este es el multifacético equivoco que hay que deshacer: el relativismo de Einstein es estrictamente inverso al de Galileo y Newton. Para estos, las determinaciones creen en la existencia de un espacio, un tiempo y un movimiento absolutos. Nosotros no podemos llegar a éstos; a lo sumo, tenemos de ellos noticias indirectas. Frente a estos absolutos, nuestro conocimiento, nuestras determinaciones quedan descalificadas como meras apariencias, como valores relativos al punto de comparación que el observador ocupa. Relativamente aquí coincide con la idea del defecto.

Ahora quisiera postular la inexistencia de estos absolutos-espacio, tiempo y trasferencia. Así no habrá una realidad absoluta e inasequible y otra relativa en comparación con aquella. Habrá una sola realidad, la que la física positiva aproximadamente describe. Esta realidad es la que el observador percibe desde el lugar que ocupa, una realidad relativa a esto. Pero como esta realidad relativa es la única que hay, resultará que relativiza la realidad absoluta. Relativismo aquí no se opone a absolutismo, al contrario, se funde con este y le otorga una validez absoluta. Me doy cuenta que haya cosas tan difíciles que nos den dolor de cabeza antes de ser entendidas…pero esta vez va a ser todo lo contrario. Sígame el martes y se lo comprobaré.